Introducción

La doctrina del decreto de Dios declara que Dios diseña y decide antes de actuar, y que todos sus actos están en armonía con su carácter perfecto y con sus atributos.[1] Frente a esta doctrina se han levantado objeciones que buscan negar esta doctrina esencial de la fe. Quizás el problema de asimilar esta doctrina, según sostiene Chafer, sale a relucir cuando la voluntad del hombre y la presencia del pecado, entran en escena.[2] Por tal motivo, es necesario responder tres objeciones que se tienen sobre esta gloriosa doctrina, a fin de exonerar a Dios ante cualquier acusación.

Es inconsistente respecto a la libertad moral del hombre

Se apremia que la preordenación de todos los acontecimientos es inconsistente con el libre albedrío humano.[3] Ante esta objeción, Berkhof brinda una autentica respuesta: “Dios no ha decretado efectuar por su propia y directa acción todo lo que tiene que acontecer”.[4] Dado que el decreto trae únicamente la seguridad de los acontecimientos, es decir, es imposible que se evite; no implica que Dios los ejecute.[5] Precisamente, la voluntad del hombre no es violada en el sentido de que Dios obligue a un hombre a efectuar algo que no quiere hacer.[6] Según ello, MacArthur opina al respecto: “El decreto de Dios se extiende a las opciones no coaccionadas de los agentes libres para actuar dentro de los límites de su naturaleza”.[7]

Esta objeción planteada, llama mucho la atención, pues si Dios es soberano y sólo pueden ocurrir las cosas que están determinadas en su decreto, ¿hay alguna esfera exceptuada en que la criatura humana pueda ejercitar su libre albedrío? O, de otro modo, ¿podría la voluntad humana actuar siempre fuera de la voluntad de Dios? Y si no, ¿es su acto libre?[8] Bien, se estima que toda acción humana está incluida en este concepto. Así mismo, no cabe duda que, la voluntad de la criatura es una creación de Dios y en relación a ella, Dios la usa como un instrumento por el cual cumple su propósito soberano y es inconcebible que alguna vez se frustre.

Añadiendo a esto, cuando el hombre ejercita su voluntad es consciente de su libertad de acción. En este orden de ideas, el hombre determina su proceder por las circunstancias, pero Dios es quien crea las circunstancias. Así mismo, el hombre es impelido por emociones, pero Dios es capaz de originar y de controlar cada una de las humanas emociones; por su parte, se enorgullece de que él se gobierna por juicio experimental, pero Dios es capaz de fomentar cada uno y todo pensamiento o determinación de la mente humana.[9] En este asunto, hay que aceptar estas dos verdades, Dios decreta y la voluntad del hombre no es violada.

Concluyendo la respuesta ante dicha objeción, es posible asegurar con certeza que la necesidad del decreto no está en conflicto con la libertad de la criatura. Dios ha decretado todas las cosas de tal manera que sucedan infaliblemente, pero sin compulsión del albedrío del hombre, porque Dios decretó que todas las cosas sucedan por causas necesarias, causas libres y causas contingentes.[10] Con base a ello, el agente libre y subordinado puede hacer o no cualquier acción, sin embargo, la opción que él escoja con libertad hacer, ha sido decretada infaliblemente.[11]

Desaloja todos los motivos para el esfuerzo humano

Esta segunda objeción suele ser expresada de la siguiente manera: “Si todas las cosas han sido decretadas para que sucedan, ¿de que sirve el esfuerzo por lograr algo que seguramente no fue decretado? no tiene sentido…”. Quizá el sujeto que expresa esta declaración, es alguien que, al poseer un conocimiento prematuro de Dios, puede malinterpretar dicha doctrina. Por tanto, resulta lógico pensar, que por un malentendido que se tenga a la hora de estudiar el decreto divino, puede resultar en una declaración fatalista como la que se acaba de afirmar.

De acuerdo con lo anterior, el concepto fatalista sugiere que la soberanía de Dios es forzada para excluir la libre actuación del hombre, o cuando Dios no es tomado en cuenta y los hombres creen que son guiados por fuerzas ciegas sobre las que ellos no tienen control.[12] Debido a esto, ¡ay de quienes se apoyan en esta tensión para justificar su negligencia y desobediencia!

Desde luego, frente a esta declaración, “Desaloja todos los motivos para el esfuerzo humano”, ésta supone que Dios ha determinado el fin sin referencia a los medios, lo cual no es válido; pues, el acontecimiento queda determinado en relación con el medio; si lo último fracasa, igualmente sucederá con lo primero.[13] Para ilustrar mejor esta idea, Dios ha decretado que los hombres vivan mediante alimentos, si éstos se rehúsan a comer (acción-medio), morirán (fin). Sobre este principio, se entiende que cualquier persona que no desea el mal para su vida, está al tanto de procurar mantenerse fuera de cualquier peligro.

Resumiendo lo planteado, el hecho de que Dios haya decretado un acontecimiento, convirtiéndolo así en un evento seguro, no significa que obligue a las personas para que vayan en contra de sus pensamientos y sus deseos. Mientras no exista coacción en las condiciones que obliguen a una persona a actuar de una cierta manera, Dios puede determinar la acción humana y ésta se producirá con toda certeza; sin embargo, la persona puede seguir siendo libre para hacer lo que le plazca.[14]

Hace a Dios el autor del pecado

Esta objeción merece ser respondida con especial cuidado y prudencia, pues involucra la santidad de Dios, cuya perfección es bastante enfática en la Escritura (Is. 6:3; Ap. 4:8). Debe entenderse, que el hecho de que Dios decrete todas las cosas incluyendo el pecado, no significa que Él busca con eficacia, promover el pecado en los hombres para luego condenarlos; en vista de ello, tal objeción, exhibe al hombre como un ser inocente, ajeno a la maldad.

Respondiendo a dicha objeción, Dios decreta mantener la libre agencia de sus criaturas; sin embargo, esto no implica que su control esté ausente u opere de forma pasiva sobre dichas criaturas.[15] Pues, aunque regula las circunstancias de sus vidas, Él permite que la libre agencia se ocupe en multitud de actos de los cuales algunos son pecaminosos. Por buenas y santas razones Dios hace que estos actos pecaminosos acontezcan de forma segura; pero Él no decreta producir los malos deseos, ni decreta decidir eficientemente la preferencia en el hombre.[16]

Con relación a lo anterior, el decreto respecto al pecado según explica Berkhof, “No es decreto eficiente sino permisivo, o decreto para permitir”,[17] que contrario a ello, sería el decreto para producir, en el que Dios aplica su divina eficiencia para producir pecado. Refutando esta última declaración, puede decirse que la entrada del pecado al mundo es segura por el decreto divino, pero eso no enfatiza el hecho de que Dios se deleite en la maldad.

Continuando con esta idea, la Biblia misma declara que Dios no se complace con la maldad, Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti, Salmo 5:4. Ciertamente, el motivo de Dios al permitir el pecado y el motivo del hombre al cometerlo son radicalmente distintos.[18] En el hombre, el pecado gira en torno a su corrupción natural; en Dios, el pecado es permitido conforme a su elevado propósito. Él permite el pecado no contra su voluntad sino conforme a su voluntad.[19]

A manera de conclusión, hay que admitir que, aunque la existencia del pecado en el universo es real, aun así, permanece bajo el control de Dios que es infinito en sabiduría, poder, santidad y justicia.

CONCLUSIÓN

Habiendo respondido a las interrogantes planteadas sobre la doctrina del decreto, se establece que la voluntad moral del hombre en ninguna manera es violada, asimismo, malentender el decreto es caer en un fatalismo que conlleva a desalojar los motivos para el esfuerzo humano y lo que es peor aún, atentar contra el carácter santo de Dios.

Finalmente, conocer la doctrina del decreto divino de forma clara y responsable es fundamental, pues, además de que genera confianza y seguridad en los corazones de los creyentes; enaltece el poder de Duis, les da virtud a sus obras, y sentido a la existencia humana. Pues sus decretos se asocian con su carácter santo, justo y recto.

 

BIBLIOGRAFÍA

Berkhof, Louis. Teología Sistemática, trad. de Felipe Delgado Cortés. Grand Rapids, MI: Desafío, 2009.

Boettner, Loraine. La Predestinación. Grand Rapids, MI: Subcomisión Literatura Cristiana, 1968.

Hodge, Charles. Teología Sistemática, trad. de Santiago Escuain. Barcelona: Clie, 2010.

Lutzer, Erwin. Doctrinas que Dividen, trad. de John Alfredo. Grand Rapids, MI: Portavoz, 2001.

MacArthur, John y Mayhue, Richard. Teología Sistemática, trad. de Loida Viegas. Grand Rapids, MI: Portavoz, 2018.

Renihan, Samuel D. De Dios y su Decreto. Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2021.

Sperry Chafer, Lewis. Teología Sistemática, Tomo I, trad. de Evis Carballosa et al. Dousman, WI: Publicaciones Españolas, 1986.

[1] Lewis Sperry Chafer, Teología Sistemática, Tomo I, trad. de Evis Carballosa et al. (Dousman, WI: Publicaciones Españolas, 1986), 239.

[2] Chafer, Teología Sistemática, 239.

[3] Charles Hodge, Teología Sistemática, trad. de Santiago Escuain (Barcelona: Clie, 2010), 301.

[4] Louis Berkhof, Teología Sistemática, trad. de Felipe Delgado Cortés (Grand Rapids, MI: Desafío, 2009), 123.

[5] Berkhof, Teología Sistemática, 124.

[6] Erwin Lutzer, Doctrinas que Dividen, trad. de John Alfredo (Grand Rapids, MI: Portavoz, 2001), 208.

[7] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología Sistemática, trad. de Loida Viegas (Grand Rapids, MI: Portavoz, 2018), 280.

[8] Chafer, Teología Sistemática, 247.

[9] Chafer, Teología Sistemática, 250.

[10] Samuel D. Renihan, De Dios y su Decreto (Santo Domingo, Ecuador: Legado Bautista Confesional, 2021), 135.

[11] Renihan, De Dios y su Decreto, 135.

[12] Chafer, Teología Sistemática, 259.

[13] Hodge, Teología Sistemática, 303.

[14] MacArthur, Teología Sistemática, 280 -281.

[15] Berkhof, Teología Sistemática, 123.

[16] Berkhof, Teología Sistemática, 126.

[17] Berkhof, Teología Sistemática, 127.

[18] Loraine Boettner, La Predestinación (Grand Rapids, MI: Subcomisión Literatura Cristiana, 1968), 195.

[19] Boettner, La Predestinación, 207.

Asistente modalidad virtual en Seminario Reformado Latinoamericano | [email protected]

Soy licenciado en Teología del Seminario Reformado Latinoamericano y estoy terminando la Maestría en Teología con la misma institución. Soy predicador frecuente en la Iglesia la gracia de Dios en La estrella, COL. Amo la música y me gusta escribir sobre el lugar de la música en la iglesia.